Hay entrevistas que se preparan con preguntas subrayadas y cierta distancia profesional. Y hay otras que, sin previo aviso, terminan con un nudo en la garganta. Entrar a Bar Cóctel es entrar a un refugio. El ambiente es cálido, relajado, cercano. Huele a café bien hecho (de esos que se sirven con respeto) y también a cítricos recién exprimidos detrás de la barra. Es un bar de barrio que parece de toda la vida, pero donde todo está pensado. Puedes desayunar con calma, trabajar unas horas, compartir un vino de Jerez y un mezcal o dejarte sorprender por una coctelería honesta y bien ejecutada. Estás en el barrio, pero sientes el pulso del centro. Y eso, en Madrid, es casi un acto político.
Antes de Bar Cóctel estuvo Marrufo Coctelería de la mano de nuestro querido Carlos Marrufo. Y antes de Marrufo, un sueño. Montse lo cuenta con esa serenidad de quien ha tomado decisiones valientes. Mientras llevaba su carrera profesional, también sostenía la administración y el marketing del proyecto que Carlos había soñado. Natalia fue el primer contrato. Entró con 20 horas, estudiaba sumillería en la Cámara de Comercio y prometió quedarse un año… Han pasado cuatro. .
Entrar al mercado de la hostelería mexicana en España no fue fácil, y menos siendo mujeres. Atenea lo recuerda con claridad: “Tenías que demostrar el doble. Como jefa te veían como que no ibas a durar mucho.” A eso se sumaba la soledad de emigrar, la falta de compañerismo en un entorno con pocas mujeres y la desconfianza de proveedores que buscaban “al jefe”. “La típica frase: ‘¿Dónde está el jefe?’” Pero no se detuvieron. Sacaron coraje, constancia y orgullo, y hoy no solo dirigen una cadena de restaurantes, sino que han construido equipos donde las mujeres ocupan puestos de responsabilidad, especialmente en cocina. “Las mujeres están echándole muchas ganas en la cocina, porque es un camino muy masculino.”
Ni Carla ni Atenea tenían un camino claro en hostelería cuando empezaron. Carla venía de la cocina, Atenea de un despacho de abogados, trabajando como informática. Pero había algo más fuerte que la experiencia: el amor por México y por su comida. “No surgió un día la idea y decidimos hacerlo. Fue algo que se fue construyendo.” De ese proceso nacen también los consejos que hoy dan a otras mujeres: “Tener la visión clara, hablar las cuentas desde el principio, tener conversaciones incómodas y no limitarse.” “No hay que tener miedo para emprender. Aunque te metan miedo, si es lo que te gusta, te llena completamente.”
“Cuatro años han sido un flash”, dice Nat, todavía con esa mezcla de sorpresa y orgullo. Marrufo fue su primer empleo como bartender, aunque trabajaba desde los 16. Aprendió, creció, encontró su lugar. Y cuando el proyecto se consolidó, las conversaciones empezaron a girar hacia algo más. Abrir otro espacio. Lo que me emociona no es solo la decisión empresarial, sino la forma en que se dio: sin egos, sin luchas de poder, con una sincronía casi natural. Natalia le confesó a Carlos que soñaba con abrir algo propio. Montse ya llevaba noches buscando locales en Idealista. Encontraron este. Se miraron, lo supieron y lo hicieron. Mara Quirarte, arquitecta mexicana diseñó el proyecto. Se pensó una cocina pequeña pero poderosa, donde lo español se dignifica. Se apostó por el Jerez —sí, por el Jerez por copas, ese tesoro que a veces olvidamos en casa— y por integrarlo también en la coctelería. Se apostó por el café de especialidad, por el desayuno como ritual, por demostrar que en Prosperidad hay público, hay gusto y hay barrio. Porque dignificar el barrio también es un acto de amor.
En la barra hay mujeres. En cocina, mujeres. En sala, mujeres. No como cuota, sino como consecuencia natural de una red de talento y confianza. Uno de los pilares importantes en este local es la hermana de Montse, Alexa Homs y la chef Paulina Iribas. En Marrufo también se fue equilibrando el equipo. No se trata de excluir, sino de incluir con conciencia.
Montse lo dice sin rodeos: cuando una mujer está detrás de la barra, muchas clientas se sienten más cómodas. Se genera una conversación de igual a igual. Hay una atención al detalle distinta. Una energía que se percibe. Mientras hablamos de esto, algo en el aire se vuelve más denso. No dramático, sino honesto. Porque durante muchos años las mujeres estuvieron encasilladas en la hostelería en ciertos roles. Y ahora que ocupan espacios de decisión, de liderazgo, de propiedad, se nota y se siente.
Yo no esperaba emocionarme tanto. Pero cuando Nat define lo que es para ella una “mujer chingona” (segura de su valor, constante, clara en su objetivo) y Montse habla de hacer que las cosas sucedan, de ser resolutiva, de reconocer que cada mujer es chingona a su manera… entendí que no estábamos hablando solo de un bar. Estábamos hablando de una generación, de mujeres que ya no piden permiso.
Montse dejó su trabajo para apostar por este local. En menos de un año pasaron de cinco a doce personas en el equipo. Eventos en Marrufo y en Bar Cóctel el mismo día. Crecimiento acelerado. Vértigo. Pero también algo más profundo: la certeza de que el barrio lo necesitaba. De que ellas lo necesitaban. Bar Cóctel no es solo un negocio que funciona. Es un espacio donde el café convive con un Naked and Famous (el cóctel favorito de Nat) y donde una Paloma o un Diablo con tequila (el destilado que conecta a Montse con Guadalajara) se sirven con la misma naturalidad que una tostada por la mañana. Es un lugar donde puedes ser. Y quizá por eso todas terminamos con los ojos brillantes. Porque cuando las mujeres ocupan espacios (no solo como presencia, sino como líderes) el resultado no es solo eficiencia o estética. Es cuidado, carácter, amor, es comunidad. Y eso, en tiempos de ruido, es profundamente conmovedor.